Tod@s aprendemos a ejercer roles femeninos y masculinos a partir de la identificación con adult@s que nos son familiares y significativas. Por ejemplo, las niñas incorporan las características de la feminidad repitiendo lo que hace su mamá, su abuela, hermanas, otras niñas y mujeres de su entorno; así como también las que aparecen en los medios de comunicación.
De esta manera, se va forjando la idea de que las mujeres se ocupan del hogar y los hijos/as, además de realizar otras actividades fuera del hogar. Una situación similar viven los varones, y van aprendiendo a “ser atendidos”, cuidados y respetados por las mujeres. A estas expectativas de comportamiento fijas se las denomina estereotipos de género, y están basados en prejuicios arraigados, son transmitidos de generación en generación y reproducidos constantemente en la calle, las publicidades, las instituciones, etc. De esta manera se van construyendo los roles femeninos y masculinos que son los que forman los estereotipos: “todas las mujeres deben ser sumisas y maternales”; “todos los varones deben ser dominantes y mujeriegos”.
Estos estereotipos constituidos y reproducidos sistemáticamente determinan los comportamientos y actitudes de lo femenino y lo masculino; y en este hacer y hacer repetido nos vamos constituyendo como sujetos con determinada identidad de género.
Dichas identidades comienzan a gestarse antes del nacimiento. Los juguetes, la decoración de habitaciones, los regalos y las expectativas que madres y padres vuelcan en la niña o el niño, van afirmando un modelo “ideal” de identidad genérica. A partir de este modelo, niñas y niños comenzarán a percibirse, asumirse y aceptarse como tales; y los derechos de cada uno se presentan diferentes: los varones estudian y trabajan fuera de casa, las mujeres cuidan niños, ancianos y la casa; los varones conducen programas de TV exitosos, las mujeres se desnudan y bailan en un caño; y así sucesivamente en el resto de las instituciones sociales.
Si bien es cierto que toda sociedad requiere que sus miembros desempeñen roles que aseguren su funcionamiento y existencia, la asignación de roles resulta injusta ya que se basa en el sexo de las personas. A las mujeres históricamente se nos ha asignado el rol reproductivo en la sociedad: el cuidado de l@s niñ@s y del hogar. Mientras tanto, la esfera productiva, sustento económico y material del hogar, corresponde a los varones. En esta división de tareas y funciones que se conoce con el nombre de división sexual del trabajo, las mujeres sacamos la peor tajada. El sistema patriarcal hegemónico que premia salarialmente al rol masculino, no ofrece a las mujeres que se ocupan del hogar recompensa alguna por ese trabajo, ni monetaria ni social, trasformando la diferencia se en desigualdad social, pues existe la percepción implícita de que lo que hacen los varones es mejor y más valioso de lo que hacen las mujeres, he aquí el germen de las inequidades.
Esta desvalorización o no valorización de las mujeres como trabajadoras del hogar, esta carencia de reconocimiento de las capacidades y destrezas requeridas para tales funciones, no es nueva y tiene consecuencias para el colectivo social. Tanto la educación de los hij@s como el cuidado de la casa y la familia continúan recayendo hoy día sobre las mujeres que trabajan también en el sector público, y no son compartidas con el hombre porque se han convertido en prácticas absolutamente “normales” y cotidianas no sujetas a discusión y legitimadas en la escuela, en la Iglesia, en los medios de comunicación, etc. Las mujeres que trabajan fuera de sus casas, una vez en el hogar deben cumplir con lo que se conoce como “doble jornada laboral” o enfrentarse con la reprobación general. De ahí en más, la subordinación de las mujeres se extiende a todas las demás áreas de la vida y su aprobación se vuelve habitual ya que nace en el seno de la familia y han sido “naturalizadas” y “normalizadas”.
Sin embargo, esta situación desigual entre los géneros puede cambiarse, puede transformarse. Remover estas pesadas estructuras no es fácil, de a poco se van venciendo trincheras. El cambio debe venir de la sociedad toda, los prejuicios son tan viejos como ella misma. Las tareas de crianza y cuidado de l@s hij@s deben entenderse en sentido amplio –alimentación salud, educación, límites, etc. - y ser compartidas por varones y mujeres.
La noción de perspectiva de género define una forma de entender y enfrentar los procesos sociales que devienen del sistema de género y que atraviesan todo el entramado social. La importancia de integrarla al análisis de la sociedad, implica considerar la situación diferenciada de varones y mujeres y reconocer sus consecuencias. Su consideración a la hora de diseñar políticas públicas permitirá reconocer, abordar y corregir aquellas diferencias que resultan injustas e inequitativas, y que en última instancia son las claves para el desarrollo de una ciudadanía plena de mujeres y varones. A criterio de Marcela Lagarde, de esto se trata la democracia de género: de practicar la igualdad entre diferentes, en establecer diálogos y pactos entre tod@s, en la equidad y la justicia para reparar daños cometidos contra las mujeres.
La perspectiva de género que promueve el empoderamiento y el liderazgo femenino no busca imponer a todas las mujeres las mismas ideas, sino garantizar a todas la posibilidad de elegir y decidir libremente en condiciones de equidad qué desea para sí misma y para su vida.
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