En sociedades salariales como la nuestra el empleo ha funcionado históricamente como mecanismo de inserción social y de generación, sostenimiento y ampliación de las oportunidades de vida de las personas. Se presume que el acceso al empleo mejorará la situación de ingresos y con ello la posibilidad de acceder a los bienes y servicios que permitan elevar el nivel material de vida de los trabajadores y las trabajadoras. Si bien las oportunidades laborales hoy día se amplían y es posible que más personas cuenten con un puesto de trabajo, esta potencialidad del empleo se encuentra debilitada en la medida en que en la mayoría de los casos la inserción laboral es en ocupaciones no plenas o precarias donde la cobertura de la seguridad social, que permitiría el acceso a bienes y servicios sociales y que reforzaría el nivel material de las oportunidades de vida, resulta todavía débil o incluso nula. Justamente en el caso de las mujeres, pese al incremento en las tasas de participación, el empleo femenino se sigue concentrando en el sector de servicios y las actividades no reguladas, informales y precarias; se trata de una amplia variedad de situaciones que incluyen discriminación y otras formas de violencia asociadas a las desigualdades de género. Se verifica que las mujeres jóvenes, con bajo nivel educativo y las mujeres con mayores responsabilidades de cuidado, presentan trayectorias ocupacionales negativas, no plenas y precarias. Una ocupación de este tipo restringe la autonomía y la agencia social de las personas en varios niveles. En primer lugar, porque al no conseguir insertarse laboralmente o al hacerlo de manera precaria, se vuelven dependientes de las personas con las que conviven. Esto es clarísimo en el caso de las mujeres, que no perciben ningún salario por el trabajo que realizan en el hogar a pesar de la importancia central que tiene la reproducción de la unidad doméstica y, por lo tanto, tiene que depender económicamente de sus compañeros. En segundo lugar, porque al aparecer más restringidas las opciones laborales, se ve limitada su libertad y capacidad de elección. En tercer lugar, porque las restricciones impuestas por el contexto de un mercado laboral que las excluye, y que las diferencia del resto, les limita su capacidad para evaluar críticamente su situación. En definitiva, persisten grupos poblacionales para quienes resulta aún difícil que el contexto económico favorable sea suficiente para potenciar al empleo como mecanismo de generación de oportunidades de vida.

Cuando se compara la dinámica de las trayectorias laborales de varones y mujeres, se ve fortalecida la presunción de que la fuerza de trabajo femenina continúa cumpliendo un rol de “stock de reserva”. Las mujeres sostienen su tasa de actividad en los períodos en que las condiciones generales se deterioran, como resultado de las propias estrategias de sobrevivencia de los hogares, que incorporan fuerza de trabajo adicional, para compensar la peor performance de las personas activas. Cuando las condiciones generales y del mercado laboral mejoran, la tasa de actividad de las mujeres disminuye. Esto resulta de la interrelación entre discriminación en el mercado laboral e inequitativa distribución de las responsabilidades de cuidado y domésticas. En efecto, son las mujeres de menor nivel educativo y mayor peso de las responsabilidades domésticas, quienes desarrollan en mayor medida tránsitos hacia la inactividad en las etapas de recuperación económica. Se presume que esto obedece al hecho de que la mejora en las condiciones de ocupación e ingresos de las otras personas del hogar, les permite prescindir de opciones laborales mayormente precarias, y asumir plenamente el rol de principales responsables del cuidado de los miembros del hogar. Se hacen así evidentes los límites que esta función de stock de reserva de la fuerza de trabajo femenina, impone sobre las oportunidades de vida de las mujeres, en la medida que se entiende como un mecanismo que reduce su autonomía personal, su agencia social, y la posibilidad de participar en un empleo, vía principal de generación de las oportunidades de vida en nuestra sociedad. Como señalan Lo Vuolo y otros (ver bibliografía) "no se trata solo de la cantidad de dinero sino también de la consideración social que se deriva del mismo. El ingreso de la mujer siempre es considerado como complementario, aún cuando la familia no pueda sobrevivir sin este ingreso o que este sea mayor que el del varón. En general, el ingreso femenino es considerado como temporario y justificado por causas extraordinarias. Puede decirse que existe una relación dialéctica entre las responsabilidades de la mujer dentro de la familia y su necesidad de participación en el mercado de trabajo, que asegura la configuración de esta imagen de ‘ejército de reserva’ o de trabajadoras secundarias, a la vez que garantiza la posibilidad de ser devueltas a la esfera primaria del hogar, cada vez que no se las necesite en el mercado laboral".