En nuestra sociedad, la asignación de tareas y funciones se distribuyen de acuerdo al género: ciertos trabajos son “naturalmente” asignados a los varones y otros tantos son “naturalmente” asignados a las mujeres. Se trata de una forma de división social del trabajo basada en el sexo, y que separa el mundo de la producción del de la reproducción, lo público de lo privado. Para las mujeres está reservado el rol reproductivo, el mantenimiento del hogar y la crianza, socialización y cuidado de hijas e hijos. Esto implica una larga jornada de trabajo que incluye la limpieza, lavado y planchado de la ropa, la preparación de la comida, hacer las compras, regar las plantas, llevar y traer a los/as niños/as a la escuela, revisar los deber con ellos/as, etc. Cuando las mujeres trabajan fuera del hogar suelen desempeñarse en actividades altamente feminizadas, que no son más que la prolongación de estos mismos roles en la esfera pública: la enseñanza y la prestación de servicios personales, sociales y de salud. Las funciones de producción, la integración plena a las actividades económicas, la obligación preponderante de trabajar fuera del hogar y ser el principal sostén de la familia y/o el hogar, siendo roles típicamente masculinos.
Históricamente las actividades que las mujeres hemos realizado –tanto dentro como fuera del hogar- han tenido una valoración inferior que la otorgada a las actividades realizadas por los varones. Esta desvalorización, e incluso invisibilización, del trabajo femenino ha sido determinante para nuestra condición de discriminación durante siglos. Para comprender esta desvalorización tenemos que pensar la diferencia que existe entre los conceptos de trabajo y empleo. El trabajo es toda actividad realizada por el ser humano que genera un bien –social, cultural, monetario, etc.-. Se refiere al gasto productivo de fuerza y energías –cerebro, músculos, nervios, manos, etc.- común a cualquier tarea realizada. El empleo es un tipo especial de trabajo, que se haya enmarcado en una relación laboral, pautado, regulado y por el que se percibe dinero. Se trata, en definitiva, de la vieja distinción económica entre valor de uso y valor de cambio. El primero hace referencia a la utilidad de las cosas; es la capacidad que una cosa tiene de satisfacer necesidades, cualesquiera que ellas sean. El valor de cambio, por su parte, refiere al valor de compra de un objeto con respecto a otros, al valor que tiene para ser cambiado por otros. Típicamente, aquellas cosas que tienen un alto valor de uso suelen tener un bajo valor de cambio. El ejemplo más típico y simple de comprender es el aire: tiene un altísimo valor de uso al satisfacer una de nuestras necesidades vitales más fundamentales. Sin embargo, el aire no tiene valor de cambio; no podría comprar nada con aire, no podría intercambiarlo por otra cosa. Con el trabajo ocurre algo similar: no siempre el trabajo que tiene mayor valor de cambio (salario) es el más útil desde el punto de vista de su uso productivo y social; todas las tareas que vimos que típicamente desarrollan las mujeres –el trabajo doméstico, la educación, atención y cuidado de los niños y las niñas, el cuidado de los ancianos y las ancianas y, en general, todo trabajo familiar y/o comunitario no remunerado- tienen un altísimo valor de uso, en tanto sería imposible reproducir la riqueza social si una parte de la fuerza de trabajo (las personas con capacidad para trabajar) no se dedicara a las mismas, pero ningún valor de cambio. Sólo tiene un precio, un valor de cambio, cuando ese trabajo se realiza fuera del ámbito familiar, en tanto empleo o servicio doméstico para terceros/as.
Al establecer esta simple distinción entre trabajo y empleo podemos ver que si bien todas las mujeres (al igual que todas las personas) trabajan, no todas tienen empleo, y el acceso a este es más difícil para ellas.
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