Este es uno de los temas de debate vigente en todo el mundo por la polémica que despierta tomar una postura al respecto. Como dice Cecilia Lipszyc, “La prostitución tiene su base en un sistema cultural sexual que sustenta la demanda de sexo como servicio prestado por un objeto sexual subordinado y dócil, que desaparece en tanto sujeto y cuya propia sexualidad resulta negada”.
Sin embargo, diferentes organizaciones internacionales del sistema de Naciones Unidas, entre ellas la Organización Internacional del Trabajo (OIT), y varios gobiernos –entre ellos el de Argentina- han planteado la necesidad de reconocer la prostitución de personas adultas como un trabajo más, reservando la categoría de prostitución forzada sólo para el caso de menores. Esta postura, suele estar relacionada con el interés de los gobiernos de "blanquear" la actividad económica de estas "trabajadoras autónomas", y la correspondiente ampliación de la recaudación impositiva. La legalización de la prostitución supone enviar el mensaje de que las mujeres somos productos sexuales, y de que la prostitución es una forma de diversión.
Otros países promueven legislaciones penales que castigan no sólo a los proxenetas sino también a los “clientes”, partiendo de la idea que la prostitución es siempre forzosa y que siempre configura una flagrante violación de los derechos humanos. En estos países existe una red de seguridad social para las personas desocupadas o pobres como paliativo frente a las necesidades de las mujeres.
Pero, ¿qué hacemos cuando muchas mujeres recurren cada vez más al ejercicio de la prostitución como medio de vida ante la falta de alternativas? Creemos imprescindible profundizar el debate teórico sobre la temática y escuchar a sus protagonistas. Coincidimos en que la prostitución no es un trabajo más y que su ejercicio afecta la dignidad de las personas que la ejercen. Por ello, si bien parece auspicioso el nucleamiento de las “prostitutas” en organizaciones que defiendan sus derechos, entendemos imperioso avanzar en políticas públicas que promuevan para ellas otras alternativas laborales y de vida.
No es posible avanzar contra la prostitución en la medida que no se de respuesta al problema económico y social de las mujeres en situación de vulneración; pero también rechazamos de plano la reglamentación del ejercicio de la prostitución que termine legitimándola porque, insistimos con esto, tenemos la firme convicción de que “ninguna mujer nace para puta”. Nunca es una elección libre y segura, sino que debe entenderse dentro de un contexto histórico, social, económico y cultural determinado. Este contexto tiene que ver con la sociedad de dominación patriarcal y sexista, en la que las mujeres somos consideradas, en vez de sujetos de derechos, como objetos. La prostitución encuentra su causa en los roles y mandatos de género: en el caso de las mujeres, el mandato social dice que debemos ser para y de otros; que nuestro cuerpo y nuestra sexualidad son para el placer y la existencia de otros –en el caso de la mujer-madre-. Resulta interesante recordar a Carole Pateman quien sostiene que “la idea de que las mujeres son individuos dueñas de sí mismas es una ficción de la sociedad patriarcal” cuyo contrato sexual básico, no explícito, es que los varones tienen asegurado el acceso al cuerpo de las mujeres y parte esencial de ese derecho es su demanda de uso de cuerpos de mujeres como mercancía. Pensar que una mujer crea que es “fácil” prostituirse es una falacia y pensar que hay mujeres que “disfrutan” de esta actividad es un problema grave de toda la sociedad.
En algunos casos son las propias mujeres en situación de prostitución las que se agrupan en sindicatos y reivindican para sí la categoría de “trabajadoras sexuales”, como es el caso de las integrantes de AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) que responden a la CTA. Aún así, las integrantes de AMMAR enfatizan que no es posible equiparar ese trabajo a cualquier otro que se elige libremente, y subrayan los matices entre las que recorren las calles, las que trabajan en saunas o las que son explotadas desde niñas. Carmen Bazán, integrante de AMMAR, es una de las tantas mujeres que se prostituyen en Buenos Aires y que apoya el reconocimiento oficial de esa actividad incluyendo el registro de sus practicantes aunque cuestiona con énfasis que sea una “elección.”
Por otro lado, las integrantes de ATEM (Asociación de Trabajo y Estudio de la Mujer) y de la Asamblea Raquel Liberman, quienes se oponen a la represión de las mujeres en situación de prostitución pero apoyan las políticas que erradiquen el proxenetismo, no califican a la prostitución como "trabajo". "Estamos en contra de la prostitución como institución de la opresión de las mujeres al servicio de la sexualidad masculina organizada patriarcalmente que tiene determinadas reglas y normas y que fundamentalmente divide a las mujeres en buenas y malas."
La prostitución existe en tanto existen los prostituidores, los mal llamados “clientes”. Sin “clientes”, varones que consumen mujeres como una mercancía, no existiría la prostitución. Y los “clientes” existen porque la sociedad de dominación patriarcal y sexista ha justificado y legitimado históricamente la figura del prostituidor al naturalizar el “impulso sexual masculino” o sus “necesidades fisiológicas-sexuales”. Sobre el prostituidor no recae ninguna sanción de tipo social o legal por la expresión de su conducta, supuestamente natural. Tengamos en cuenta, además, que la prostitución funciona hoy en día como cualquier otro servicio mercantilizado: a mayor demanda, mayor oferta. En este sentido, la necesidad de ampliar la oferta da lugar a las conocidas redes de prostitución o trata, que reclutan mujeres y las venden como esclavas. La explotación de mujeres, niños, niñas y adolescentes es factible únicamente gracias al “cliente”, aunque su participación en este asunto aparezca como secundaria, como subproducto de una oferta. “Ir de putas, meterse en Internet para buscar acompañantes, elegir a tu chica en un sauna, recorrer los prostíbulos pueblerinos, son actividades no vergonzantes para la mayoría de la sociedad. Mientras que ser puta, ofrecerse en Internet, trabajar de acompañante, ser la hija de una familia donde desde la abuela hasta la nieta venden su cuerpo, no es algo que pueda narrarse como una aventura más. La primera experiencia no figura en el currículum, la segunda lo es.” (“El lado oscuro”; por Liliana Viola; en Las 12, Página/12; 9/03/07)
Resulta interesante abrir el debate respecto de cómo abolir la prostitución. Para esto, no solo hay que pensar en medidas socio económicas que respondan a la problemática de exclusión de la que son víctimas muchas mujeres en situación de prostitución sino que se debe educar para el cambio a todo la sociedad. Una educación pro-equidad de género que, en lugar de perseguir a las mujeres en situación de prostitución, comience a condenar la existencia de “clientes” prostituidores. Un referente en este punto es el caso de Suecia, donde existe una Ley que prohíbe la compra de servicios sexuales desde 1999. Se trata del primer intento por parte de un país de atacar la causa misma de la prostitución y de la trata de personas con fines de explotación sexual: la demanda de los varones que dan por sentado un supuesto derecho a comprar personas con el fin de prostituirlas.
Veamos ahora algunos mitos que circulan sobre la prostitución que fueron extraídos de la Campaña “Ni una mujer más víctima de las redes de prostitución”:
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MITO: La prostitución es el oficio más viejo del mundo.
FALSO: Las prostitución expone al propio cuerpo al servicio de otro para que sea usado como mercancía, por tanto no es un oficio sino esclavitud. La prostitución no es un atributo innato de las mujeres y, por lo tanto es una construcción funcional al patriarcado y a los explotadores/ prostituidores.
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MITO: Es una forma fácil de ganar mucho dinero.
FALSO: Raramente las mujeres en situación de prostitución son autónomas sino que son explotadas por proxenetas. Son ellos y toda la red que existe detrás la prostitución quienes se llevan la mayor parte de las ganancias. Por otra parte, aún cuando las mujeres en situación de prostitución puedan ganar dinero y vivir gracias a ello, nunca es “dinero fácil” ya que la prostitución es una práctica que vulnera sus derechos humanos más básicos, así como su dignidad, y que deja secuelas irreparables, comparables con los daños que sufren las personas que fueron torturadas o padecieron una guerra.
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MITO: Lo hacen porque les gusta.
FALSO: La mayoría de las mujeres llega a la prostitución con una trayectoria de vulneración, violencia, exclusión, engaño, o incluso haber sido violadas y/o abusadas sexualmente. Muchas veces son secuestradas y obligadas mediante torturas físicas y/o psíquicas a ejercerla. La prostitución solo es una “opción” cuando no queda ninguna otra opción.
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MITO: Es una elección libre, lo asumen de manera voluntaria.
FALSO: Para millones de mujeres escoger entre hambre, abuso, aislamiento o prostitución no representa una verdadera opción. Se trata, en el mejor de los casos, de una elección restringida; como si nos dieran a elegir entre comer carne o comer pescado y fuésemos vegetarian@s. Si la sociedad ampliara los espacios de equidad sin duda disminuiría el número de mujeres en esta situación.
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MITO: La prostitución VIP es por elección, no es igual que la prostitución de mujeres pobres.
FALSO: Las mujeres prostituidas en lugares VIP también son usadas como mercancía y también han aprendido por la cultura y las instituciones sociales que sus cuerpos deben estar al servicio del otro. Son tan víctimas de la dominación patriarcal como cualquier otra y su elección es igual de restringida que en el caso de mujeres de menores recursos.
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MITO: Todas las mujeres son putas.
FALSO: El sistema patriarcal utiliza la palabra “puta” para estigmatizar a cualquier mujer que goce de su sexualidad y su cuerpo libremente, transgrediendo el mandato machista solo los varones gozan. Del mismo modo, utiliza este término para distinguir entre mujeres putas en tanto objetos sexuales y mujeres “madresposas” –según el término de la antropóloga mexicana Marcela Lagarde– es decir obedientes y domesticadas, mujeres “para presentar a la familia”, que sirven para “madres de l@s hij@s”.
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Es interesante destacar que, aunque la sociedad se resista a aceptarlo, las mujeres en situación de prostitución son madres, hijas, hermanas, amigas, esposas; muchas son casadas, divorciadas, separadas, abandonadas, concubinas, etc. Algunas son estudiantes, profesionales, trabajadoras. Ellas también enfrentan embarazos, abortos, enfermedades, obligaciones familiares; es decir son mujeres que a la vez forman parte de otros círculos particulares. |