Por género nos referimos al conjunto de comportamientos, actitudes, valores y roles  socialmente asignados a cada uno de los sexos. Son las conductas consideradas “apropiadas” y “esperables” tanto para los varones como para las mujeres en una  sociedad y un momento histórico determinado.
El sexo se identifica a partir de características biológicas y anatómicas, algo que viene desde la naturaleza; mientras que el géneroes una identidad adquirida y aprendida que varía según cada cultura y comunidad: no es la naturaleza o la biología la que determina la diferencia de roles y posiciones sino que son producto y consecuencia de construcciones sociales. Aunque suelan confundirse, el sexo y el género no son lo mismo, la biología y la cultura es lo que los diferencia.
El género es una categoría transmitida y aprendida, no es un atributo heredado o adquirido por la naturaleza. Por tanto se puede nacer con la condición de varón o mujer pero será  la sociedad la que  nos constituya según los patrones significativos de cada cultura en “masculino” y “femenino”. En este sentido, cuando a un/a recién nacido/a se lo llama “niña” o “niño” se lo está cargando de un determinado sentido en la construcción de su identidad. Cuando en nuestra lengua se utiliza el genérico masculino en el discurso cotidiano para incluir a mujeres y varones; cuando en la escuela se dice “los padres” para referirse a madres y a padres, los “alumnos” para referirse a varones y mujeres están totalmente interiorizados y es difícil reconocer el uso sexista del lenguaje. Así las mujeres “aprenden” su segunda posición en el mundo: siendo que el lenguaje es el principal medio de transmisión de la cultura, es decir el vehiculo de transferencia de todo conocimiento en cualquier tipo de relación humana, es por tanto el primer elemento de invisibilización.

Estos comportamientos se encuentran sostenidos por instituciones sociales consolidadas que las refuerzan a diario, entre las cuales se encuentran:

  1. La familia;
  2. las instituciones religiosas;
  3. la escuela;
  4. los medios de comunicación;
  5. el Estado.

Las reglas y prácticas que estas instituciones imponen son percibidas como “naturales” y se reflexiona poco sobre ellas. Si bien las diferencias entre varones y mujeres no constituyen un problema en sí mismas, estas características específicas asignadas a cada género han ido generando desigualdades en las relaciones, y en la mayoría de los casos, llevan a que las mujeres vean relegados sus derechos y no tengan las mismas oportunidades que los varones.

La valorización de los atributos masculinos es lo que llamamos el poder androcéntrico, centrado en las características tradicionalmente esperadas de los varones, es ejercido no solamente sobre las mujeres sino también sobre otros grupos humanos a partir de condiciones o características devaluadas socialmente por pertenecer a ciertos grupos de edad, origen étnico y orientación sexual, entre otras. Organiza en relaciones de jerarquías a los géneros  otorgando un lugar de privilegio a unos grupos sobre otros y convirtiendo de esta manera la diversidad y la diferencia en desigualdad e inequidad. Con todo esto no queremos decir que los varones sean los culpables de todas las injusticias: todo lo contrario, varones y mujeres padecemos los mandatos impuestos, heredados y por nosotr@s mism@s reproducidos. Sin embargo, es muy difícil para todo@s reconocerlos como incómodos, molestos y forzados.