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Mercado de trabajo remunerado
Para comprender
la situación laboral femenina en la Argentina es necesario
iniciar la explicación a partir de los cambios socioeconómicos
que reformularon el mercado de trabajo en la década del
setenta y marcaron las tendencias que tienen consecuencias en
la actualidad.
Se instala
la crisis: Década 1970-1980
La política económica puesta en práctica
a partir de la dictadura de 1976 produjo un estancamiento global
y una amplia recesión industrial con el consiguiente
retroceso del empleo manufacturero e industrial, el aumento
de las actividades terciarias (comercio y servicios) y el crecimiento
del cuentapropismo. Esto tuvo consecuencias diversas para el
empleo femenino y masculino.
Las mujeres incrementaron su participación en el mercado
laboral, especialmente las de edades medianas, casadas y unidas,
cónyuges del jefe de hogar.
"Mientras más mujeres acudían al mercado
laboral, más varones, especialmente jefes de hogar se
retiraban (involuntariamente) de él. (...) Estos movimientos
sugieren que las mujeres salieron a trabajar para apuntalar
los ingresos familiares sumamente deteriorados, en reemplazo
de los aportes de sus cónyuges varones al presupuesto
familiar".(Según el Consejo Nacional de la Mujer.
Ver bibliografía). Por su parte, las divorciadas y separadas
aumentaron más bien por simple crecimiento numérico.
En cuanto a la composición educacional, el mercado de
trabajo acogió preferentemente a las más educadas.
El crecimiento se concentró casi en su totalidad en el
sector terciario.
La tasa de actividad de las mujeres pasó de 26,5 en 1970
a 26,9 en 1980 y entre los hombres disminuyó del 79,6
a 75.
Según Catalina Wainerman (Ver Bibliografía)),
las responsables del crecimiento de la tasa de actividad femenina
fueron las mujeres entre 25 y 35 años quienes aumentaron
su participación de un 29 a un 33 por ciento. Y las de
35 a 55 pasaron de 28 a 34 por ciento.
El sector terciario concentró en 1980 a 8 de cada 10
trabajadoras. Dentro de éste, avanzaron sobre los puestos
disponibles en comercio, educación y salud, bancos y
financieras (donde crecieron un 14 por ciento), administración
pública y servicio doméstico, mientras no crecieron
en la industria, que las había escogido en el pasado,
en particular la textil. En estos 10 años, la participación
de las trabajadoras en la industria disminuyó del 21
al 17 por ciento. "Entretanto, los varones salidos de la
industria, mayormente jefes de familia, parecen haber ido a
engrosar el ejército de desocupados y de trabajadores
desalentados, los que no buscan trabajo porque anticipan que
no lo encontrarán".
Aumento de tasa de la actividad femenina: Década 1980-1990
En esta década, las mujeres manifiestamente aumentaron
su propensión a concurrir al mercado de trabajo, frente
a hombres que han mantenido o decrecido la suya. Tanto en las
jurisdicciones de mayor nivel de desarrollo (Buenos Aires, Gran
Rosario y Neuquen) como en las de menor nivel, la propensión
de las mujeres a integrar la fuerza de trabajo se incrementó
en la década entre un 10 y un 20 por ciento, es decir,
sustancialmente más que en el total del país la
década anterior.
Por ejemplo, las mujeres pasaron en la década de representar
el 34 al 36 por ciento de la población activa en el área
metropolitana de Buenos Aires (AMBA) y en el Gran Rosario, del
35 al 39 en Neuquen, del 37 al 38 en Salta y se mantuvo alrededor
del 39 por ciento en Santiago del Estero. Los varones mantuvieron
su nivel en alrededor del 70 por ciento.
En suma, la fuerza de trabajo ocupada y subocupada se feminizó
y la desocupada se masculinizó. Es decir, las mujeres
aumentaron su presencia en la población ocupada en proporción
similar a como lo hicieron en la población activa, pasando
del 33-38 por ciento en 1980 al 35-39 de 1990. Pero también
aumentaron su presencia entre la población subocupada,
pasando de representar de entre 44 y 48 por ciento en 1980 a
alcanzar entre 52 y 73, superando a los varones. Estos ganaron
terreno entre la población desocupada, llegando en 1990
a representar entre el 58 y el 63 por ciento.
El cambio fue radical ya que terminó con tendencias históricas
establecidas. La mujer participa en el mercado laboral hasta
edades avanzadas y cualquiera sea la etapa del ciclo vital,
rompiendo su tradicional propensión a participar a edades
jóvenes antes de formar un hogar.
Las mujeres entre 30 y 55 años, con familias ya formadas,
son las que mostraron más propensión a concurrir
al mercado laboral durante esta década, lo que aceleró
la tendencia ya instalada en la década anterior.
Hay que destacar que el aumento de la tasa de actividad femenina
no debe entenderse como un aumento de las posibilidades de puestos
de trabajo para mujeres, sino como un deterioro de la situación
de empleo para ambos sexos.
Modalidades de la inserción de las mujeres: en 1980,
entre el 63 y el 70 por ciento de los varones y entre el 61y
el 85 por ciento de las mujeres eran asalariados.
En cuanto a la precarización laboral, las mujeres asalariadas
sin beneficios sociales pasaron en el AMBA de un 12 por ciento
en 1980 a casi un 30 por ciento en 1992.
En la década se profundizó el proceso de disminución
de la asalarización en beneficio del crecimiento del
cuentapropismo, tendencia que es más atenuada entre los
varones.
Como "patrones", los varones duplicaban y hasta cuadruplicaban
a las mujeres. Por otro lado, las mujeres, aventajaban de dos
a diez veces más a ellos como trabajadoras familiares
no remuneradas.
Mayor concentración en el sector terciario, disminuyendo
en la industria, especialmente la textil. Su presencia se da
en servicio domestico, servicios de educación y salud,
administración pública y en crecimiento, una dirección
hacia el comercio.
La brecha salarial en 1985 alcanzaba a 37,4, es decir que la
media del salario femenino representaba el 62,6 por ciento del
masculino, relación que en 1994 se estrecha hasta el
72,5 por ciento (brecha del 27,5).
Tercerización laboral: Década 1990-2000
Según el documento Mujer y trabajo en Argentina, de Laura
Pautassi y la colaboración de Silvia Berger para el CNM
(Ver Bibliografía), en
la década de los noventa la cantidad de varones activos
creció un 22 por ciento mientras que las mujeres aumentaron
su participación en el mercado de trabajo en un 41 por
ciento. Este crecimiento significativo de la PEA urbana (30
por ciento entre 1990 y 1999) se manifestó en crecimientos
desiguales de la ocupación y desocupación. En
ambos casos, la participación relativa de las mujeres
fue mayor: las ocupadas crecieron un 30 por ciento (contra un
13 por ciento de los ocupados) y las desocupadas crecieron casi
el 200 por ciento (contra un 150 por ciento de los desocupados).
Esta tendencia ascendente de la participación de las
mujeres se explica en mayor medida por el deterioro de las condiciones
de trabajo del jefe de familia. En cuanto a la subocupación
horaria marca un aumento considerable a lo largo de la década,
afectando en 1999 a un 20,1 por ciento de las ocupadas y a un
10,4 de los ocupados. El fenómeno complementario de la
sobreocupación crece tenuemente a lo largo del período
y afecta al 44 por ciento de los varones y al 23 por ciento
de las mujeres activas.

Tasas
de empleo por sexo
Fuente:
EPH (INDEC), Total país, Octubre 1997. Elaboración
propia

En resumen,
durante la década se verifican las siguientes tendencias:
- Aumenta la participación de las mujeres ocupadas en
todas las edades pero fundamentalmente en las de 25 a 49 años
(pasa del 50,5 al 53,9 por ciento) y de 50 a 59 años
(de 35,9 a 42,8).
- Disminuye la tasa de empleo de los hombres en edad central,
en particular los de entre 25 y 49 años (del 92 al 86,7
por ciento).
- Pierde participación relativa en el empleo la población
con menores niveles educativos.
-Se consolida el patrón de asalarización de la
población ocupada que representa en 1999 casi el 68 por
ciento del total. El cuentapropismo parece agotarse como tradicional
espacio de refugio.
- Se consolida la predominancia del sector terciario: la participación
de la industria en la ocupación cae del 20,7 al 15 por
ciento entre 1990 y 1999.
- La participación en el desempleo abierto crece para
la población en edad joven (menores de 25 años),
las mujeres en edades centrales y de manera muy importante los
varones de 50 años y más. Y se confirma la mayor
desocupación de los jefes masculinos que pasaron de representar
el 30 por ciento de los desocupados en 1990 a más de
34 por ciento en 1999.
- Se incrementaron las tasas de subocupación en ambos
sexos, siendo notorio el aumento entre las mujeres de bajo nivel
educativo (del 18,3 por ciento en 1990 a más del 35 por
ciento en 1999). En contraposición, las mujeres con nivel
superior o universitario ha permanecido en niveles constantes
(alrededor del 17 por ciento).
Si bien la proporción de mujeres desocupadas casi siempre
superó a la de los hombres, los datos de la EPH de mayo
de 2002 (Ver Bibliografía),
para al área metropolitana (Capital y Gran Buenos Aires),
indica que el 23,2 por ciento de los varones está sin
empleo mientras que entre las mujeres alcanza el 20,1 por ciento,
fenómeno que no se repetía desde 1990. Este resultado
se debe a que las actividades que más destruyeron puestos
de trabajo fueron la industria, la construcción y el
transporte, sectores típicamente masculinos, mientras
que hubo una mayor ocupación en salud y educación
y en servicios sociales y personales, con mayor presencia laboral
femenina.

Por
otro lado, según estudios realizados a fines de los noventa
y principios del 2000, las características de la población
femenina activa eran:
- Instrucción: era la variable con mayores diferencias
entre sexos. Las mujeres con empleo tenían mayor nivel
de escolaridad que los hombres. El 20 por ciento de las mujeres
activas tenían nivel de instrucción superior comparado
con el 11 entre los hombres. Es relativamente mayor la presencia
de mujeres en el nivel de secundario completo hasta universitario
completo.
-
Credenciales educativas: Tenian un efecto importante
para las mujeres para acceder al empleo.
- Estado conyugal: Si bien la mitad de las mujeres ocupadas
estaban casada o unida, la cantidad de mujeres ocupadas sin
pareja era proporcionalmente mayor a la de los varones del mismo
grupo.
- Posición en el hogar: Las mujeres tienen mayor
presencia entre las no jefas y los varones entre los jefes.
- Edad: No hay perfil diferencial. La trayectoria laboral
de las mujeres era poco sensible a las transiciones de su vida
familiar.
- Categoría: Entre las mujeres, el 75 por ciento
era asalariado, el 20 cuentapropista, el 3 patrón o empleador
y el 2, no recibe salario.
- Calificación: Entre mujeres, el 9,5 por ciento
eran profesionales, la mitad trabajadoras calificadas, y el
40, no calificadas. Comparado con hombres, las cifras eran respectivamente
9, 70 y 21, es decir, casi el doble de mujeres entre los no
calificados.
- Carácter de la tarea (características
cualitativas del trabajo realizado). La mitad de las mujeres
ocupadas se dedican a servicios (el 20 a servicio doméstico),
el 24 por ciento a tareas administrativo contables, el 17 a
comercio y el 8 a producción y reparación. La
terciarización del mercado de trabajo es más intensa
entre las mujeres.

-
Rama de actividad: Las mujeres predominan en servicios (70
por ciento frente al 48 masculino), especialmente en enseñanza
(78 por ciento), servicios sociales y de salud (67 por ciento)
y servicio doméstico (91 por ciento). El 20 por ciento
en comercio, donde en comercio minorista y en restaurantes y
hoteles representan entre el 40 y el 45 por ciento. El 10 en
industria (los hombres triplican), especialmente la textil (44
por ciento del empleo es femenino). Y menos del 1 por ciento
en construcción y actividades primarias (los hombres
el 13).

- Tipo
de establecimiento:
Casi un tercio de las mujeres trabaja en establecimientos pequeños
(de hasta 5 personas, incluido el cuentapropia). Las mujeres
son mayoría como cuentapropistas y los hombres en los
microemprendimientos.
- Beneficios sociales: La precariedad laboral afectó
a ambos sexos. Reciben la totalidad de los beneficios sociales
(aguinaldo, vacaciones pagas, aportes jubilatorios, indemnización
por despido) el 51,5 por ciento de las mujeres y el 57 de los
hombres.
Combinaciones parciales de beneficios, el 11,5 por ciento de
las mujeres y el 9 de los hombres. No reciben ningún
beneficio, el 37 por ciento femenino y el 34 masculino.
Sobre este aspecto el Contrainforme de las Ongs a la Cedaw 2002
denunció la reducción de las asignaciones familiares:
"(...) El gobierno nacional ha reducido los salarios de
los empleados y empleadas públicos en un 13 por ciento
(2001). Pero, en tanto las asignaciones familiares del sector
privado también son pagadas a través de un organismo
público llamado ANSES. Éstas también se
redujeron, ya que se calculan en forma proporcional al monto
del sueldo. En el caso de las mujeres empleadas, se han reducido
además, en forma considerable, las asignaciones por embarazo,
parto y puerperio" (Ver Bibliografía).
Por su parte, las mujeres que tienen a cargo a sus hijos/as,
deben realizar más tramites administrativos que los hombres
para cobrar el salario familiar, y además, si ellas son
el sostén económico de la familia no cobran ningún
tipo de asignación familiar por su esposo o compañero.
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